América Latina cambia de piel

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Foto: Pintada en las calles de Quito, durante las marchas del #19M Foto: Bernardo Gutiérrez

Artículo publicado originalmente en Ctxt.es

(entradilla) La derrota de Maduro en Venezuela, el triunfo de Macri en Argentina y el giro conservador de Dilma Rousseff abren una nueva etapa, pero el bloque progresista ha logrado consolidar una agenda de inclusión social. El futuro latinoamericano no será bolivariano pero tampoco exactamente lo contrario.

El pasado 19 de marzo, un lema inédito apareció en una pared del centro histórico de Quito: “Fuera China”. Las denominadas “Marchas del 19M”, convocadas por la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie), avanzaban con gritos festivos contra el presidente Rafael Correa. La comunidad LGBT desplegó una gigantesca bandera arco iris sobre las cabezas de los manifestantes para denunciar el conservadurismo del presidente. Y los ambientalistas acudieron criticando la extracción de petróleo en el Parque Nacional de Yasuni, en la Amazonia. El movimiento popular Yasunidos, presente en la marcha, acusaba entonces a Correa de haber entregado el país a China. No sólo petróleo, también hidroeléctricas, minería, salud pública, agua, vialidad…

Las marchas del #19M contra Correa pasarán a la historia. Fueron las primeras convocadas por los movimientos populares que auparon la llegada de Correa al Gobierno. Además, se respiraba un ambiente nuevo: un coro de nuevos indignados de clase media entonaba gritos indígenas, añadiendo sus propias causas. La versión oficial del Gobierno sobre los manifestantes del #19M fue inamovible: eran “pelucones” (ricos) y “aniñados” (pijos de derecha). Pero el #19M ecuatoriano fue histórico principalmente porque en su micropolítica y simbología están las claves de la nueva era de América Latina. La primera clave es geopolítica: la evolución del “Yankees go home” al “Fuera China” revela que el gigante asiático va ocupando el lugar de Estados Unidos. La segunda clave: existe una tensión social provocada por un desgastado modelo neodesarrollista caracterizado por la exportación de commodities y la degradación ambiental.

La tercera clave sería la dificultad que los gobiernos progresistas tienen para entender las nuevas formas de acción y movilización de la ciudadanía. La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, identifica cualquier protesta contra su Gobierno como derecha. El Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil acusó de “derechismo” a la multitud que ocupó las calles en junio de 2013. El antropólogo argentino Salvador Schavelzon, residente en Brasil, explica el fenómeno con una redefinición del término gobernismo: “Un tipo de argumentación cínica incapaz de reconocer críticas o matices, que asocia cualquier disidencia con la derecha y el neoliberalismo”. La gran paradoja es que muchos de los gobiernos progresistas de América Latina mantienen un relato revolucionario pero con muchas prácticas políticas de la derecha. Incluso neoliberales.

Las marchas del #19M contra Correa pasarán a la historia. Fueron las primeras convocadas por los movimientos populares que auparon la llegada de Correa al Gobierno

El caso de Brasil, donde el ministro de Economía, Joaquim Levy, es un Chicago boy neoliberal, es el más extremo: Dilma Rousseff gobierna con las mismas políticas neoliberales de sus oponentes. La designación del centroderechista Daniel Scioli como candidato del Frente Amplio a la presidencia argentina también revela la nueva praxis de un bloque progresista que se ha alejado del bolivarianismo. ¿Existe un fin de ciclo de las izquierdas latinoamericanas, como alerta el periodista uruguayo Raúl Zibechi? ¿Significará la llegada al poder de las derechas neoliberales? La respuesta no pasa por mitificar el legado del bloque progresista como hacen algunos medios de izquierda europeos. Tampoco por criminalizar las políticas públicas del bloque. El cambio de piel latinoamericano es más sutil, complejo y poliédrico. Ni bolivariano ni exactamente lo contrario.

De Bolívar a Wikileaks

Naomi Klein, en La doctrina del shock, destacaba que América Latina se había transformado en la región más combativa “contra el neoliberalismo de la Escuela de Chicago”. La llegada de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia de Brasil en 2002 fue vital para parar los tratados de libre comercio que Estados Unidos negociaba entonces. También fue clave para potenciar suprainstituciones regionales como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) o incluso la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). Inicialmente Estados Unidos se replegó en aliados tradicionales, como Colombia. Y el espacio dejado fue paulatinamente ocupado por Rusia y, sobre todo, por China. Entre 2007 y el 2012 China invirtió 240.000 millones dólares en América Latina. Durante estos años, jugando el papel del mal menor, China ha encontrado en la presencia económica su catapulta geopolítica. En Ecuador, compra deuda pública a cambio de commodities. La base espacial que China construye en la Patagonia argentina podría incluso tener uso militar. El canal interoceánico que el millonario chino Wang Jing está construyendo en Nicaragua es otro desafío a la hegemonía estadounidense en la región. El “Fuera China”, que en Nicaragua llega a ser “Muerte al chino” no es una casualidad.

Por otro lado, las filtraciones de Wikileaks y Edward Snowden añadieron carne al asador geopolítico latinoamericano. El propio Lula defendió públicamente las filtraciones de Wikileaks de 2010. En junio de 2012, Ecuador concedió asilo a Julian Assange. Apoyar al nuevo enemigo público de Estados Unidos era una apuesta política planetaria del eje progresista. Las revelaciones de Snowden, en junio de 2013, reforzaron el idilio del bloque progresista con los cryptopunks globales. Defender el derecho del leak era el nuevo mantra antiimperialista. La propia Dilma Rousseff recriminó a Barack Obama por el espionaje de la National Security Agency (NSA) en la ONU. Activistas globales y el bloque progresista habían encontrado un nuevo frente común. Sin embargo, el apoyo de gobiernos latinoamericanos a Wikileaks y a Snowden, sumado al affair chino, produjeron un resultado inesperado: Estados Unidos, que no dejó de operar en la sombra para desestabilizar la región, como reveló Wikileaks, fue cocinando su plan B: un apagón geopolítico. Incentivó la Alianza del Pacífico, un duro golpe tanto para el Mercosur como para el ALBA. Y activó la extracción de petróleo en su territorio con el fracking para hundir el precio internacional y golpear a Venezuela, Ecuador y Brasil.

La gran paradoja es que muchos de los gobiernos progresistas de América Latina mantienen un relato revolucionario pero con muchas prácticas políticas de la derecha. Incluso neoliberales

La carambola: la nueva coyuntura ha dejado a América Latina fuera de algunos mapas. “Ni América Latina está presente en la coyuntura internacional, ni los grandes poderes globales, los tradicionales o los emergentes la toman en cuenta”, afirma Raúl Zibechi. Y por si fuera poco, Brasil, el gigante que osó levantarse contra Estados Unidos, el que abrazó a Assange y a Snowden, ha realizado un claro giro geopolítico. Dilma, más preocupada por conseguir un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU para Brasil, abandonó a América Latina. Además, engordando con dinero público sus multinacionales privadas, Brasil ha despertado a su vez el fantasma del subimperialismo en la región. “Estados Unidos ha ganado”, escribe Zibechi, denunciando el último acuerdo de Dilma con Obama, que desmantela el frente antiimperialista de América Latina.

Los hechos frente al relato

En El fin del relato progresista de América Latina, Salvador Schavelzon critica un modelo basado en “la ideología del consumo, el consenso del desarrollo y la agenda política de sectores religiosos”. El hundimiento del precio internacional de las commodities y el descenso de la demanda de China son un golpe para el modelo económico del bloque progresista que esquivó la crisis global manteniendo proyectos sociales. El bloque progresista sustituye, según Salvador, a “la clase trabajadora y a los movimientos sociales por familia y clase media”. Y todo inflado por estadísticas del consumo de los que dejaron de ser pobres según las estadísticas oficialistas. Sin embargo, la crítica más contundente de Schavelzon es que el nuevo “gobernismo” progresista tiene una extrema dificultad para “sostener el relato en el que se sustenta”.

El divorcio es total: el relato revolucionario choca con las prácticas políticas conservadoras o neoliberales de la real politik latinoamericana. Brasil hace juego al gran capital, el kirchnerismo se casó con Monsanto, Rafael Correa defiende la agenda del Vaticano. Pero todos mantienen su relato rojo. Y simultáneamente, criminalizan cualquier disidencia, encuadrándola como “neoliberal” o “derechista”. Ocurrió en el 19M ecuatoriano. Ocurre en el Brasil de Dilma, donde cualquier manifestación es tildada de “coxinha” (pijo), a pesar de que el Gobierno ha abandonado la izquierda. Y sucede en la Venezuela de Maduro, donde hasta Julio Cocco, un opositor independiente que se define como marxista y que saltó a la fama con su programa de YouTube Beta Político, es considerado un sospechoso derechista.

Además, los gobiernos progresistas de América Latina arrementen contra las revueltas de nuevo cuño, como el #YoSoy132 mexicano de 2012 o el #VempraRua brasileño de 2013. Y despliegan una cortina top down tejida de dicotomías políticas y antagonismo, que ya es el principal límite de los procesos tecnopolíticos de la región. La “construcción de un pueblo” y de “fronteras invisibles” contra las élites de las que hablaba Ernesto Laclau en La razón populista formó mayorías para conquistar el poder. Pero son el principal freno para la innovación política ciudadana cuando esa estrategia se lanza desde arriba. Casi siempre, una intervención del gobernismo descalificando alguna revuelta como “derechista” provoca un vaciamiento de las calles o un escoramiento hacia la derecha de las mismas (como ocurre en Ecuador o Brasil).

Casi siempre, una intervención del ‘gobernismo’    descalificando alguna revuelta como “derechista” provoca un vaciamiento de las calles o un escoramiento hacia la derecha de las mismas (como ocurre en Ecuador o Brasil)

Sin embargo, tampoco existe un crecimiento superlativo de la derecha, como argumentan los gobiernos progresistas. Cierto: la neocon guatemalteca Gloria Álvarez es una pop star, la red de think tanks  neoliberales de la región es fuerte (algunos vinculados a las FAES de Aznar), ciertos movimientos conservadores han dado el salto a la calle en Brasil y partidos conservadores ganaron las principales alcaldías de Ecuador y Bolivia. “El consumismo – escribe Raúl Zibechi – es el caldo de cultivo de las derechas. Están cosechando lo que sembraron”.

En Argentina, el partido Propuesta Republicana (PRO) de Mauricio Macri, pivote central de la coalición Cambiemos, ha demostrado una habilidad camaleónica para vestir su campaña de épica ciudadana. Y ahí reside una clave: mientras las izquierdas se alimentan del relato de su pasado, las derechas se maquillan, se adaptan. Y han activado un nuevo marketing trufado de apropiaciones narrativas. La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) venezolana, bastante orientada a la derecha, ha basado su triunfo en un relato que incluía imaginarios populares. El Cambiemos de Macri fagocita la sonoridad de Podemos. El “Sí se pudo” que se gritaba en la sede caraqueña de la MUD el pasado domingo tenía musicalidad 15M. Sin embargo, el país en el que la derecha se ha adueñado con mayor descaro del relato de las calles es Brasil. El caso extremo lo representaría el Movimiento Brasil Libre (MBL), que defendiendo el neoliberalismo más radical ha fagocitado el imaginario, los memes y las siglas del Movimiento Passe Livre (MPL) que encendió las revueltas de junio de 2013. La derecha sigue empuñando banderas rojas y teniendo estructuras jerárquicas. La derecha neoliberal se disfraza, se diluye. Reinventa sus iconos. Se apropia del relato del enemigo.

Sin embargo, la nueva derecha latinoamericana puede tener trasfondo neoliberal, pero difícilmente se atreverá a tocar algunos logros del legado progresista. El Macri que acabó su campaña haciendo ofrendas a la Pacha Mama prometió mantener los programas sociales del kirchnerismo y no revertir las nacionalizaciones. Ni siquiera el conservador Aécio Neves, llegando al poder, cancelaría el programa asistencial Bolsa Familia creado por Lula. El MUD venezolano, lejos de finiquitar el chavismo, no va a atreverse a tocar los logros sociales del pasado o la nacionalización del petróleo: va a apostar por mejorar la vida cotidiana.

La principal amenaza del eje progresista no es ni su fallido modelo desarrollista ni el imperialismo ‘yanquee’ o chino: es su incapacidad de adaptar su ‘story telling’ al presente

El agotamiento de la izquierda

El estudio realizado por los investigadores Pablo Ortellado, Esther Solano y Lucia Nader sobre las manifestaciones que piden el impeachment de Dilma, calificadas como “fascistas” por el PT, arrojó una sorprendente bomba: los manifestantes defienden pautas progresistas. El 98% defiende la educación pública, el 97% la salud universal. Y es que el satanizado “eje bolivariano”, aunque desaparezcan todos sus gobiernos, ya ha ganado: han consolidado la democracia, la inclusión social, la equidad. No habrá golpes de Estado. La derecha, aunque gane algunos gobiernos, no podrá nunca desarrollar las políticas del shock neoliberal made in Escuela de Chicago. Por si fuera poco, la sociedad civil se ha apropiado de los relatos de la resistencia del eje progresista. Y navega con nuevas dinámicas, con y sin gobiernos, dentro y fuera de los partidos. En Guatemala y Honduras, los recientes movimientos de Indignados han conquistado para los movimientos populares la pauta anticorrupción, casi siempre en manos de la derecha. Por otro lado, aunque los gobiernos progresistas ya no estén tan alineados con Assange y Snowden, la sociedad latinoamericana está liderando la lucha contra la vigilancia masiva. “La población no está en contra de las políticas del bloque progresista. Están cansados de su forma de hacer política”, asegura el politólogo argentino Matías Bianqui.

El futuro de América Latina no será bolivariano. Tampoco exactamente lo contrario. Y el legado del eje progresista seguirá siendo visible. De la memoria histórica de Argentina a la erradicación de la miseria en Brasil, de la inversión en educación de Correa a la democratización tecnológica del chavismo, la huella es casi indeleble. Y si hay una crítica que hacerle al bloque es que ha sido demasiado poco bolivariano: no ha profundizado en cambios estructurales. La reforma agraria de Brasil tendrá que esperar. El cambio de matriz productiva soñado por Correa no ha comenzado. Y el petróleo manda. La principal amenaza del eje progresista no es ni su fallido modelo desarrollista ni el imperialismo yanquee o chino: es su incapacidad de adaptar su story telling al presente. Dar voz al relato polifónico y ciudadano que reinventa la simbología de la izquierda ayudaría a modificar a su vez las prácticas de gobierno. Y tal vez así comenzaría a vislumbrarse la salida del túnel de la falsa dicotomía y del apocalíptico discurso del “inevitable fin de ciclo”.

No existe una alternativa clara y única para las izquierdas clásicas latinoamericanas, pero el progresismo no está muerto. Ni en lo micro ni el lo macropolítico. La derecha reciclada / camuflada lleva delantera. Pero no tiene todavía la hegemonía del cambio. Pedro Kumamoto, primer diputado independiente de México, representa como nadie una bifurcación al relato del bloque progresista. Y se vislumbra como el que mejor ha mimetizado la narrativa del enemigo conservador y cool que se disfraza de nuevo. Con el lema “Ocupar la ciudad, habitar la política”, Kumamoto consiguió alzarse como diputado federal por el distrito 10, en Jalisco. Siendo progresista y antineoliberal, conquistó un distrito conservador. Prácticas disruptivas y narrativas agregadoras, de la mano. Y por la izquierda. Wikipolítica, su colectivo, se expande por todos los Estados de México. Un detalle: para bien y para mal, no está todavía registrado como partido político.

 

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