#BRevolução: la revuelta que sorprendió al mundo

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Publicado como portada de Magazine (revista La Vanguardia) el 19/07/2013

El Largo da Batata, una especie de descampado entre rascacielos en obras en São Paulo, va llenándose. Es el lunes 17 de junio a las 17 horas. La expectativa es gigantesca. Más de 200.000 personas han confirmado su asistencia a la convocatoria de Facebook del Quinto Gran Acto Contra el Aumento del Pasaje del Movimiento Passe Livre (MPL). Sin embargo, algo ha cambiado desde la primera manifestación del 6 de junio, cuando el único grito era contra el aumento de 0,20 centavos de real (0,7 euros) del transporte público. Hay flores, música, un clima festivo y carteles: “Es por más que 0,20 centavos”, “Free Assange”, “El pueblo despertó”… La violencia policial contra la protesta del día 13 –escondida por los medios de comunicación y divulgada en las redes sociales– encendió la indignación.

Fue el combustible de la convocatoria de cientos de manifestaciones como esta de São Paulo, espejo de las protestas de todo Brasil. La marcha deja el Largo da Batata. Y un grito se convierte en eco insistente: “sin partidos”. La multitud rechaza la presencia de partidos políticos, algo radicalmente nuevo se siente en el aire. Antonio Ozilio, de 62 años, es de los pocos que sostienen una bandera (del Partido Socialismo y Libertad, PSOL). Aguanta los gritos de “oportunista” y sonríe tristón. “No sé cómo podemos continuar la lucha sin partidos”, musita. Vera Pereira (48 años) y su hija Olivia (20 años) no están de acuerdo, pero caminan juntas, cada una con una flor. La madre defiende el papel de los partidos políticos; la hija discrepa. Se define como “política, pero apartidista”.

La noche avanza por una avenida Faria Lima –epicentro de las compañías multinacionales– atestada. Los rumores encienden la marcha. La avenida Paulista, emblema de São Paulo, también está llena. Río de Janeiro está igualmente en la calle. Y todo el país. Y brasileños en más de cien ciudades del mundo. Pocos sospechan que en breve miles de personas rodearán la Asamblea Legislativa del Estado de Río de Janeiro, el Palacio dos Bandeirantes (sede del Gobierno de São Paulo) y que una multitud entonará desde el tejado del Congreso Nacional en Brasilia: “Somos parte de una lucha nacional, de una lucha mundial”.

¿Qué ha pasado en un país que era la envidia macroeconómica del mundo? ¿Cómo empezó a fraguarse el estallido? La lógica inmediata sugiere un flash back cercano: las manifestaciones del MPL contra el aumento del precio del transporte en São Paulo. ¿Pero explican 0,20 centavos o el repudio de la violencia policial una protesta tan masiva? ¿Hay otras causas? Hay que rebobinar un año en la historia de Brasil. En los últimos tiempos, el autoproclamado “país del futuro” ha vivido una efervescencia en las redes y las calles no evidente a primera vista. Manifestaciones de ciclistas; mujeres desnudas en la Marcha de las Vadias; jóvenes de Belo Horizonte transformando una plaza en una playa; el festival Baixo Centro ocupando el viejo Minhocão (viaducto) de São Paulo con una fiesta “horizontal”; jóvenes jugando al golf en los agujeros de las calles de Porto Alegre para presionar al Ayuntamiento a arreglarlos; movimientos sociales conformando los Comités Populares de la Copa para protestar contra “el rodillo” de las megainfraestructuras del Mundial de fútbol del 2014 “y sus desmanes”; activistas apuñalando la mascota de la FIFA, un muñeco que representa para muchos la especulación financiera e inmobiliaria que reina en Brasil…

Mientras el Congreso aprobaba leyes contra el medio ambiente como el Código Forestal, las redes promovían facebookicidios (abandonar perfiles de Facebook) en apoyo a la tribu guaraní-kayowá. Unas 20.000 personas se unieron en la plaza Roosevelt de São Paulo el 21 de octubre del 2012 en el festival #ExisteAmoremSP, gritando contra las fuerzas conservadoras que hasta entonces gobernaban la urbe. Un festival que derivó en un movimiento abierto y transversal. Uno más de los miles que se sumaron en las revueltas. Las dinámicas de red fueron cocinando la #BRevolução que sorprendió al mundo.

Otro flashback redondea los preliminares de las protestas: el 15 de junio la asamblea del movimiento #ExisteAmoremSP está en pleno apogeo; prepara la gran manifestación del lunes. Antonio Martins, director del sitio Outras Palavras, habla: “Como dicen los indignados de España, vamos despacio porque vamos lejos”. El músico Alex Antunes pide el turno: “Tenemos que ir más allá de las manifestaciones tradicionales. Algo está pasando. En el site de O Globo, en la encuesta sobre quién ganará la Copa de Confederaciones, el 87% apostó por Tahití. Algo inédito”.
El síntoma es muy claro: nadie habla de fútbol. Los bares están casi vacíos, incluso cuando juega Brasil. El campo de batalla es otro. El MPL ya ha abierto el juego. “Es más que por 0,20 centavos”, se grita en las redes y calles. ¿Se convertirá en el “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros” del 15M español? “Brazil is different”. Las previsiones de los columnistas clásicos de Brasil sobre las protestas fueron un estrepitoso fracaso. El optimismo de algunos activistas, también. El caos reinó varios días. Y la maquinaria de los medios de masas y las élites conservadoras se activó el 17 de junio. La ultraconservadora revista Veja intentó imponer el grito “tras el precio del pasaje, llega el turno de la corrupción”. Y la todopoderosa Rede Globo colocó en su diana la corrupción, contra el Gobierno del Partido de los Trabalhadores (PT) de la presidenta Dilma Rousseff.

El pánico sacudió a los movimientos sociales, partidos de izquierda y activistas, principalmente, en São Paulo. La REDvolución, para algunos, parecía haberse esfumado en pocos días. La manifestación del 20 de junio resume bien la confusión. Los militantes de izquierda intentaron incorporarse de forma organizada, con banderas, camisetas rojas, puños en alto. Caminaban –paradójicamente por la derecha de la avenida São Paulo– conformando una auténtica columna militar. En el lado izquierdo, el clima era diferente: máscaras del grupo activista Anonymous. Y gritos y carteles como “no nos representan”, “ni para la izquierda ni para la derecha, para el frente”. Y muchas banderas de Brasil. La presencia de grupos conservadores era evidente: personas aplaudiendo a la altura del edificio de la Federação das Industrias do Estado de São Paulo, gritos de “Dilma el que no bote”…
Pero la avenida Paulista, en general, era una fiesta sin banderas partidistas. Los balcones de los edificios encendían y apagaban las luces; había conciertos, batucadas, gays protestando contra la ley de “la cura gay” (que trata la homosexualidad como una enfermedad). Y carteles al margen de ideologías: “Brasil, despierta, el profesor vale más que Neymar”, “perdonen las molestias, estamos cambiando el país”. Escuchando los ecos de todo Brasil, la teoría de “golpe de Estado” que circulaba en los grupos de izquierda perdía mucho sentido. En Río de Janeiro, un grupo de jóvenes acampaba en la puerta de la casa del derechista Sergio Cabral, gobernador del Estado; los habitantes de la favela Rocinha se manifestaron en el elitista barrio de Leblon; en Manaos, en el corazón de la Amazonia, 100.000 personas reclamaban visibilidad al centralizado Congreso de Brasilia.
En el país van aflorando puntos en común: derecho “a la ciudad” (no sólo al transporte), demandas de mejores servicios públicos, críticas a la FIFA y al Mundial de fútbol… Lo más repetido tal vez es el deseo de una mayor participación democrática. ¿Por qué los grupos de izquierda entendieron mal el mensaje?
La lectura izquierda-derecha no explica las protestas. Tampoco la linealidad causas-efectos. La #BRevolução no es dicotómica. El pensador Giuseppe Cocco, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro, cree que no sirven explicaciones clásicas: “Las revueltas huyen de cualquier modelo de organización política (no sólo de los viejos partidos o sindicatos, también del tercer sector, de las oenegés) y afirman una democracia radical articulada entre las redes sociales y las calles: autoconvocatoria y debates en las redes”. Luíz Eduardo Soares, respetado sociólogo, insinúa que “algo nuevo” está surgiendo. “Quizá, la mejor forma de escuchar sea unirse al coro, en la calle. Para (re)aprender a hablar”, dice.

El sociólogo Manuel Castells, muy influyente en Brasil, citó algunas características del movimiento (o movimientos) de Brasil, en declaraciones a Isto é: “Redes en internet, presencia en el espacio urbano, ausencia de líderes, autonomía, ausencia de temor. Están buscando una nueva democracia”. El teórico italiano Toni Negri también ha escrito sobre la #BRevolução y esa multitud plural y no reducible a una unidad tan presente en su obra. La era de las masas llega a su fin, dice. Bienvenidos a la era de la multitud.

¿Por qué medios de comunicación y clase política entendieron poco de las protestas? Por un lado, porque todavía no existen respuestas categóricas. Por otro, porque las claves se esconden en la letra pequeña de textos, vídeos o comentarios de las redes sociales. La carta que el movimiento #ExisteAmoremSP envió al alcalde de São Paulo, el petista Fernando Haddad, es un ejemplo: “Usted no está siendo maduro pues no comprende la nueva lógica del activismo, de la autoorganización, de la inteligencia y de la indignación colectivas. La respuesta no será dada en una mesa de negociaciones”.

La carta que el MPL envió a la presidenta Dilma Rousseff fue sintomática. Rousseff buscó líderes con los que reunirse. El MPL fue el primer invitado, pero abrió el abanico, declaró que ellos no eran líderes de nada: “Esperamos que esta reunión se extienda a otras luchas sociales: a los pueblos indígenas, a las comunidades afectadas por los desahucios, a los sintecho”.
Quizá se escondan respuestas en el vídeo de la ocupación del tejado del Congreso de Brasilia, que no ha sido mostrado en televisión. En él la multitud cantaba: “Somos parte de una lucha nacional, de una lucha mundial. Nuestra lucha es mucho mayor. Sólo vamos a parar cuando coloquemos un millón, dos millones, veinte millones, aquí, para que les digan que no está bien lo que hacen con nuestro dinero”.

Al cierre de este reportaje a principios de julio, la situación ya ha cambiado. Las tarifas del transporte en una docena de ciudades han bajado, pero las revueltas siguen. Y mutan. No son tan masivas, pero adoptan nuevas formas. Las asambleas políticas en el espacio público se extienden. Algunos plenos municipales, como el de Belo Horizonte, están ocupados. También asambleas legislativas estatales, como la de Espírito Santo. Los camioneros paralizan autopistas. Los movimientos sociales de izquierda se van incorporando a las protestas, aunque sin banderas. La clase política aprueba medidas a una velocidad nunca vista. Los royalties del petróleo van para educación y salud. Se pone fin al voto secreto de los diputados. Queda aparcada la ley “de la cura gay”. La doctrina del shock de la que habla Naomi Klein (imponer recetas neoliberales en momentos de catástrofe social) en sentido inverso. Brasil is different. ¿Es el primer país que escucha las demandas de los indignados, como defiende Manuel Castells? Es una esperanza para las revueltas globales y los rumbos de la democracia.

“Intentamos mantener el foco en los 20 centavos. Pero nuestra estrategia era perder el control. Y funcionó”, dice un veinteañero que no quiere que se dé su nombre porque dice no ser “figura pública” del Movimiento Passe Livre (MPL). Matheus Preis (blanco, ojos claros) sí lo es, “aunque no portavoz”. Ambos no se consideran líderes. “No tenemos prisa”, explica Preis. La prioridad ahora es conectar los barrios periféricos, dicen. Tejer red, consolidar la lucha en todo Brasil. La del transporte y también por otras cuestiones. Llegan dos chicas también del MPL. Una, Luzia Mandetta, es “figura pública”. “La ciudad engloba todas las cuestiones sociales”, afirma. Hablan de las difíciles relaciones con los partidos –“tenemos valores de izquierda, pero somos apartidistas”– y de una pasión común: el movimiento zapatista mexicano. Citan el libro Ciudades rebeldes, de David Harvey –“la revolución será urbana o no será”– y las revueltas globales. Turquía. Occupy Wall Street, los indignados del 15M, citado durante las últimas semanas en Brasil por doquier. ¿No es el 15M un fiasco si la derecha está en el poder?, se preguntan. ¿Y cómo fue la reunión con Rousseff? La pregunta aterriza en el silencio. “Mal”, responden, “fue una escenificación”, “buscaba una foto”, “no está preparada”.
La presidenta sigue buscando líderes, interlocutores. Los medios y la clase política debaten la propuesta de plebiscito y reforma política de Rousseff e ignoran, la mayoría, las asambleas populares, esa nueva gramática social de redes y calles. La clase política intenta jugar una partida de ajedrez clásica, pero la sociedad brasileña, como los movimientos globales, quiere jugar en otro espacio, sin reina, rey ni torres y con más peones. Incluso cuestiona que haya que comprar un tablero. “Nada volverá a ser lo mismo en Brasil”, susurra uno de los jóvenes del MPL. “Ahora tenemos que trabajar por la autonomía de la sociedad”, afirma otro. Como compartió Giselle Beiguelman, urbanista, en su Facebook el 16 de junio, se insinúan nuevos tiempos en Brasil (y en el mundo): “La semana empieza en el Largo da Batata. Redes y calles (y mucho ruido). Y eso es excelente. Sin grandes coaliciones, sin ídolos, sin líderes a los que seguir”.

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