Brújulas sin norte

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Reportaje publicado en el número de diciembre de Tinta Libre.

Hace más de una década, el colectivo italiano Wu Ming cuestionaba el eje norte-sur del mundo: “¿Dónde buscar el norte y el sur? ¿dónde buscar la estrella polar o la cruz del sur cuando nos enfrentamos a la coexistencia de una élite muy rica de un país asiático y de chinos sin papeles reducidos a la esclavitud en una tienda de alimentación del nordeste italiano? ¿O a la coexistencia de los “hombres-topos” en las alcantarillas de Nueva York y de un cortesano de Brunei?”.

En el inicio de la antiglobalización, el pensamiento altermundista defendía la justicia y otro modelo económico para el mundo. El Foro Social Mundial nacido en Porto Alegre en 2001 seguía apoyado en algunos marcos acuñados en el norte, como “sur global” o “progreso”. Sin embargo, la convivencia física de culturas, resistencias y pueblos del mundo durante los foros visibilizó que en los márgenes del mundo occidental estaba creciendo un rebelión que iba más allá de la economía.

En el Foro Social Mundial desembocaban escritos que desde los años cincuenta enfrentaban el sistema colonial desde sensibilidades raciales, culturales, sexuales o científicas. Los textos anticoloniales del martiniqués Franz Fanon, claves en la independencia de Argelia, empezaron a dialogar con las críticas a la Ilustración francesa del senegalés Achile Mbembe, con el inventario de saberes del sur que recopilaba el portugués Boaventura de Souza Santos, con la mirada queer y fronteriza de la chicana Gloria Anzaldúa, con la cosmovisión indigenista inclusiva del levantamiento zapatista de enero 1994. Si occidente reconoce que la modernidad ha dado paso a la postmodernidad, ¿como tendrían que definirse el pensamiento crítico actual contra el colonialismo? ¿Postcolonialismo? La pregunta contiene una trampa. Reconocer la postmodernidad implica aceptar la modernidad europea como marco. ¿Cómo deshacer la trampa-marco?.

Hacia la interculturalidad. Franz Fanon, en las conclusiones de Los condenados de la tierra de 1961, lanzaba una batería de intuiciones: “Vamos camaradas, el juego europeo está definitivamente terminado, es necesario encontrar otra cosa”. La postmodernidad europea era una continuidad de un juego secular. La “otra cosa” tenía que deshacerse de “la cosa”, del concepto de modernidad. Del mecanicismo de Newton que reduce la complejidad del universo a la lógica científica. Del utilitarismo de Francis Bacon que otorga a la ciencia el poder de someter a la naturaleza. De la razón binaria de René Descartes. La Ilustración europea redondeó la trampa / cosa. Y dotó a la razón de la modernidad de un carácter falsamente universal, cogiendo una parte por el todo.

Yayo Herrero, en su texto Hacia una antropología que reconozca los límites y la vulnerabilidad, denuncia el lado oscuro de la razón ilustrada: “Las personas perdieron la consideración mágica de la naturaleza. La idea moderna de naturaleza se abre paso contra el concepto medieval de lo sobrenatural e inabarcable”. La Ilustración apuntaló, como estudió Mijaíl Bajtín en su clásico La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, los mitos, las leyendas y el humor grotesto del medievo. El senegalés Achile Mbembe, en su libro Crítica de la razón negra, denuncia duramente el proyecto de universalización: “La disciplina colonial formaliza – y justifica através de la razón-, dos mecanismo de organización de la sociedad y de lo político: el Estado y el mercado“.

Uno de los primeros rayos inspiracionales para encontrar la “otra cosa” llegó en 1987, con la publicación del libro Borderlands / La frontera: The New Mestiza de la chicana Gloria Anzaldúa. En esta obra pionera, publicada en España por Capitán Swing, Anzaldúa crea el campo del “pensamiento fronterizo”, un espacio de resistencia identitaria de los individuos que viven en los límites de las naciones. “La rigidez significa la muerte, solo manteniéndose flexible puede la mestiza expandir la psique”, escribió Anzaldúa.

El filósofo argentino Walter Mignolo dio una vuelta de tuerca a la teoría de Anzaldúa con un”pensamiento fronterizo crítico” que no esté subalterno a occidente e incluya “lo otro”. La pedagoga ecuatoriano estadounidense Catherine Walsh ha sido otra de las artífices de la”decolonialidad”. Reconociendo el “sujeto-otro” y “pensamiento-otro”, Walsh desmonta el falso universalismo de la modernidad europea.Visibilizar la decolonialidad, escribe Walsh, es “visibilizar las luchas en contra de la colonialidaddes de la gente y sus prácticas sociales, epistémicas y políticas”. Walsh introduce también el concepto de “interculturalidad”, una herramienta que permite “pensar y crear una condición social distinta tanto del conocimiento como de existencia”. La interculturalidad pone a diferentes culturas a dialogar entre sí, de igual a igual. La multiculturalidad mantiene a diferentes culturas segmentadas, bajo los marcos occidentales.

Llegó la transmodernidad

Catherine Walsh, en la introducción de su libro (Re)pensamiento crítico y (de)colonialidad, denuncia la geopolítica del conocimiento colonial. La opresión política y el extractivismo económico no serían posibles sin la esfera del conocimiento, sin la epistemológica. “La postulación del conocimiento científico como única forma válida del producir verdades sobre la vida humana y la naturaleza, como conocimiento que se crea “universal”, invisibiliza y silencia otras epistemes”, escribe Walsh. El volumen Epistemologías del Sur, organizado por Boaventura de Sousa Santos, es un reconocimiento internacional a la pluralidad de saberes, conocimientos y culturas del mundo. “El Sur – afirma Boaventura en la introducción del libro – es aquí concebido metafóricamente como un campo de desafíos epistémicos, que buscan reparar los daños e impactos históricamente causados por el capitalismo en su relación colonial con el mundo”.

El filósofo argentino Enrique Dussel, para competir con la producción del conocimiento eurocéntrica, enuncia la “transmodernidad” y lo “pluriversal”. En su Filosofías del Sur esboza el concepto de transmodernidad: “Una futura cultura trans-moderna, que asume los momentos positivos de la Modernidad, tendrá una pluridiversidad rica y será fruto de un autético diálogo intercultural y debe tomar claramente en cuenta las asimetrías exisentes”. La transmodernidad, según un esquema de Dussel, sería un horizonte inclusivo para la propia modernidad, para China, para la India, para la culturaamerindia, la islámica y para otras culturas. Desde Kenia, Ngũgĩ Thiong’o manifiesta la necesidad de “desplazar el centro, que se ha asumido como tal, Occidente, a una multiplicidad de esferas en todas las culturas del mundo”.

Un nuevo mestizaje. El paquete decolonial, todavía vinculado a lo anticolonial y a lo postcolonial, ha conseguido sacudir al pensamiento occidental hegemónico. Su nuevos marcos (transmodernidad, pluriversalidad) y herramientas (interculturalidad) van limando las dicotomías de la modernidad. Una de sus propuestas es un nuevo tipo de mestizaje. El mestizaje de Gloria Anzaldúa es un “más allá”, un océano que supera el binarismo occidental. Un mestizaje que permite ser cosas sin dejar de ser otras. Es más trans que multi. Este mestizaje intercultural es radicalmente diferente al relato de mestizaje que se usó en América Latina o África para anular la diversidad.

Por su parte, la boliviana Silvia Rivera Cusicanqui resalta la palabra ch’ixi del diccionario aymara-castellano: Ch’ixi como “gris con manchas menudas que se entreveran”. Es un gris en que la contradicción – lo blanco, lo negro – no se sintetiza ni se fusiona, sino que se habita. Desde lejos, lo ch’ixi parece un tercer color. De cerca, se observa que son colores opuestos.

En Bolivia, el mito imperante en el movimiento indigenista es el retorno del Tawantinsuyu, a una cultura indígena pura. Cusicanqui revela subjetividades ch’ixis, grupos socio culturales ch’ixis que combinan formas de organización occidentales y originarias con formas ancestrales. Ni la utopía del retorno del Tawantinsuyu ni la utopía de un desarrollo capitalista ni la revolución proletaria sirven según Cusicanqui para la Bolivia actual. El mundo ch’ixi busca trabajar dentro de la contradicción. Silvia Rivera invita a pensar lo ch’ixi, lo manchado, como algo propio tanto del indio como del blanco.

¿Dónde buscar el norte y el sur, pues? La decolonialidad, sin los imanes de la modernidad, es una brújula en construcción. Tal vez sea una antibrújula que, desplazando el centro, haga legítimas todas las orientaciones.

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