Carnavalizar la política, desplazar el marco

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Un país que no entiende el Carnaval no es un país serio. No es posible que apenas haya dos posiciones frente a la polémica de los titiriteros de la compañía Desde Abajo durante el Carnaval de Madrid: la que lucha por la retirada de los cargos contra los titiriteros y la que defendió su detención por “enaltecimiento del terrorismo”. El affair de los titiriteros es una falsa dicotomía. Y una jugada maestra de la caverna político mediática española en su peculiar guerra cultural. Por un lado, identificó a Ahora Madrid y a los defensores de los titiriteros con ETA. Por otro, dividió a sus bases, que criticaron la pusilaniminidad del Ayuntamiento y de la propia Manuela Carmena. Mientras tanto la caverna aplicó la máxima napoleónica de “no interrumpir al enemigo mientras se equivoca”. La presión popular consiguió ganar el primer asalto de la “batalla de los titiriteros”. Pero ganando, se perdió algo. La caverna, sin despeinarse, consiguió reforzar la imagen de anti sistema que se proyecta sobre el ecosistema Ahora Madrid. Y es que es imposible ganar una batalla con la simbología, las reglas y un tablero de juego diseñados por el enemigo.

Casi todos los ríos de tinta progres desembocaban en el mismo consenso-océano: defendían la sátira, la libertad de expresión, matizando que La bruja y Don Cristóbal era una obra inapropiada para públicos infantiles. La carta de la libertad de expresión, habitualmente en manos de la derecha, se jugo bien. También hubo un ligero desplazamiento simbólico que ayudó a desinflar la caza de brujas: el debate se ancoró ligeramente hacia las fronteras de la realidad y la ficción. “Criminalizar la ficción es propio solo de las peores dictaduras”, escribe el actor Juan Diego Botto. Santiago Alba Rico, que escribió los guiones infantiles de La bola de Cristal en los años ochenta, critica apunta en la misma dirección: “Uno de los rasgos definitorios de las dictaduras es el de la literalidad: el de una práctica punitiva que ignora la diferencia entre realidad y ficción, entre política y arte, para castigar frases aisladas y sin contexto. La tinta progre se olvidó por lo general algo fundamental, “el contexto”: la propia esencia del carnaval.

Un país que no entiende el Carnaval no es un país serio. El Carnaval no es ficción. Es realidad-ficción. Es un engranaje antropológico que desplaza el marco, dibuja nuevas reglas de juego temporales, descoloca los roles. El filósofo ruso Mijail Bajtin, responsable del concepto “carnavalización”, disecciona el espíritu del carnaval en su monumental La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: “El mundo infinito de las formas y manifestaciones de la risa (del carnaval) se oponía a la cultura oficial, al tono serio, religioso y feudal de la época”. Carnavais, Malandros e Heróis, la espléndida “Biblia” de Roberto da Mata sobre el Carnaval de los Carnavales, el brasileño, describe al detalle los “rituales colectivos de inversión del orden social”. El malandro, deshaciendo las jerarquía, se transforma en héroe. La sátira y la transgresión reinventan temporalmente la gramática social.

Si hay que articular una crítica constructiva contra Ahora Madrid, la dirección podría ser otra: su principal error es haber aceptado el “marco” fabricado por la caverna y las reglas rígidas de los carnavales neoliberales y descafeinados del Partido Popular (PP). Su defecto es no haber recuperado el marco transgresor del carnaval, su irreverente ADN popular. El error, en el Carnaval y en la legislatura, es no ser audaces, osados, imaginativos. El error es no atreverse a construir un emocionante mundo invertido. El error es no marcar el ritmo, no escoger el tono y no definir el nuevo marco.

La batalla equivocada

Programar una obra de títeres de “política clásica” durante el Carnaval es un error de principiantes. Otra batalla equivocada. El Carnaval transforma símbolos y altera jerarquías de otra forma. El Carnaval, desplazando el marco, usa municiones inéditas en las batallas políticas del día a día. Cuando el Carnaval entra en la vida, introduce el cambio: aporta discontinuidad y acelera el tiempo. Como apunta el comisario de arte Lars Bang Larsen, “dibuja círculos sobre el agua”. Las pistolas no disparan balas, sino flores.

Brasil, el incuestionable país del Carnaval, vivió hace dos año el Carnaval más político de las últimas décadas. Las masivas revueltas de junio 2013 desembocaron en el carnaval de 2014 con un maremoto de causas vivas. Los tradicionales blocos de rua se transformaron en altavoces de las múltiples indignaciones. Los participantes en el bloco Empatando tua Vista de Recife se disfrazaron de edificios para bailar críticamente contra la gentrificación. En Río de Janeiro, el bloco Comuna que Pariu, jugando con las palabras “Comuna de París”, lanzaba dardos contra la FIFA y Gobiernos varios. A diferencia del poco tradicional Carnaval de Madrid, en Brasil es la ciudadanía quien compone su propia narrativa, ocupa el espacio público y se auto organiza en sátiras compartidas. Los diferentes gobiernos se limitan a garantizar el espacio común para los blocos, desfiles, escolas de samba… En lugar de planear títeres políticos o de escribir guiones cerrados, la osadía habría sido diseñar espacios comunes y abiertos para que los propios ciudadanos ensamblaran sus sátiras, sus irreverencias, sus inversiones de jeraquías. No hace falta irse a Brasil. Cádiz es una inspiración cercana: en 2012, la comparsa Ciudadano Zero irrumpió en el carnaval de Cádiz con una letra subversiva que no dejaba títere, banco, político o Casa Real con cabeza.

La creación de un mundo

bambolé

Ahora Madrid, si realmente quería construir “otro tipo de carnaval”, debería haberse atrevido a crear un mundo. No hacía falta escribir el contenido del Carnaval. Bastaba con marcar el tono, propiciar un “clima” y garantizar el espacio común para una participación desde abajo. En el Carnaval de Madrid podría haber habido blocos alegres contra la gentrificación, comparsas contra los pelotazos urbanísticos, bailes de máscaras contra la contaminación o simpáticas chirigotas contra la corrupción. Pero para ello, el Ayuntamiento tenía que haber cambiado el marco, disponibilizado espacios apropiables y sugerido sutilmente un relato de época. En el Carnaval – y en la vida – hay que atreverse a navegar hacia otro imaginario de ciudad. En lugar de ello, el Ayuntamiento hace caso a su peor consejero: el miedo. Ante la falsa dicotomía de la caverna y el miedo de los nuevos gestores políticos, nada como reivindicar la esencia centenaria del Carnaval. Si el sistema banaliza el Carnaval, no queda otra que carnavalizar la política, como pide el Manifiesto Carnavalista, lanzado en São Paulo en 2014: “El CARNAVAL reivindica la ocupación del espacio público como forma de manifestación cultural, pero sobre todo es el momento en el que la ciudad es de las personas”. Carnavalizar la política, pero no como sinónimo exclusivo de “diversión” o “celebración”, que también.

Carnavalizar la política para gestionar hábilmente los desplazamientos simbólicos, para disputar los sentidos de la realidad, para alterar los ritmos. Carnavalizar la política para invertir el mundo, para desconcertar al enemigo mientras está boca abajo. Carnavalizar para construir celadas, callejones sin salida. Carnavalizar la política, como lo hicieron los Yippies (Youth International Party) cuando convocaron una fiesta en Times Squares de Nueva York para celebrar el fin de la guerra de Vietnam. La guerra no había acabado todavía, pero la alegría de la fiesta yippie forzó a la opinión pública hacia la paz. Carnavalizar la política, desactivando el miedo, como lo hizo el batallón de bailadores de hulahop en el momento de máxima represión de la Policía Militar en Río de Janeiro durante las revueltas de junio de 2013. Carnavalizar como lo hizo la Internacional Errorista argentina, una feroz sátira contra la etiqueta “terrorismo internacional” post 11 de septiembre.

Para ganar la guerra cultural hay que escoger bien las batallas que merece la pena librar. No tiene sentido luchar en todas las batallas. No solo eso: hay escoger algunas batallas en las que perdiendo, se gane. Encontrar batallas similares al win win de los titiriteros cocinado por la caverna. Batallas que se puedan perder, para que el enemigo gane, pero retratándose como un amante de la especulación inmobiliaria, de los banqueros, de las puertas giratorias o de los desahucios. Batallas en las que la España del cambio baile sobre el caos, juegue sobre las ruinas de una época y disfrute mientras el enemigo se equivoca.

 

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