El Madrid rebelde

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Artículo publicado en el número 1 de la Revista AJOBLANCO (era III). Descárgate aquí el PDF del artículo completo

Texto: Bernardo Gutiérrez Fotos: Álvaro Minguito

 

El 12 de mayo de 1994 viví sin saberlo el cumpleaños que cerró para siempre mi adolescencia. Desde el patio del recreo del Instituto de Educación Secundaria Cervantes, muchos alumnos nos asomábamos a una Ronda de Toledo infectada de Policía Nacional. No sabíamos que aquel día se desalojaría el Centro Social Minuesa. Tampoco que la “okupa” que frecuentábamos desde los 16 años, con su pancarta de “Derecho a la vivienda”, adquiriría la categoría de mito. Recuerdo que salimos, entre clase y clase, mezclándonos con vecinos y militantes que apoyaban la okupación. Recuerdo a mi madre diciéndole a un policía: «Estoy aquí para apoyar a estos chavales». En mi memoria hay humo, balas de goma. Detenidos. Gente (nosotros) corriendo.

Cierto: la memoria engaña, exagera. Pero también da un sentido a hechos dispersos que con un poso de décadas iluminan un paisaje, una ciudad, una época: nadie imaginaba entonces que aquel espíritu rebelde y transversal de Minuesa acabaría contagiando a toda una ciudad. Pocos sospechaban que Madrid, villa y corte, tras décadas de experimentación social, explosión 15M mediante, sería uno de los principales polos de Europa de la autogestión y de los denominados comunes urbanos.

Un hecho: la vida en el Madrid 2017 no encaja con el relato oficial: desborda el traje a medida diseñado por el régimen del 78. El Madrid Capital del Reino, en las calles y vidas de la ciudad, es un relato ínfimo, marginal. Es un lienzo rasgado. Un eco desgastado en los televisores y las portadas de prensa de papel.

Veintitrés años después del Cumpleaños Que Finiquitó Mi Adolescencia, volver al “insti” es asomarse al mundo que se empezaba a enunciar en Minuesa. Al lado del antiguo Laboratorio 1, okupa que tomó el relevo de Minuesa en la zona, ha crecido el mural “Reciprocidad”, de la artista argentina Hyuro. En frente del insti, se yergue La Tabacalera, el gigantesco centro social autogestionado de la antigua fábrica de tabacos de Lavapiés. En Embajadores 41, el mercado San Fernando vive su ensayo de mundo: funciona con asamblea y las cooperativas abundan. Algunos puestos del mercado, como el heterodoxo Puesto en Construcción (PEC), son espacios militantes. En Embajadores 52 sigue viva la Eskalera Karakola, que participaba en El Laboratorio 1 con su lema “autonomía, feminismos y autogestión”. En  Embajadores 41, el Banco Expropiado La Canica llena de vida una antigua sucursal de Bankia. El solar de Embajadores 18, presidido por el grafiti de El Rey de la Ruina y la frase “Socialmente iguales. Humanamente diferentes. Totalmente libres”, acoge mercadillos de economía alternativa.

Las intuiciones de Minuesa se palpan hoy en la vida del barrio. Y desde las atalayas sociales de la calle Embajadores se vislumbra otro Madrid, otros barrios, otras economías. Si Madrid 1987 era aquel “mar de alquitrán, feudo estatal” contra el que despotricaba Barón Rojo, el Madrid 2017 es un exuberante huracán de experiencias colectivas.

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