Mitos de izquierda, mitos de derecha

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Extractos del libro Mitologías, de Roland Barthes, publicado en 1957. Las imágenes pueden servir de contexto del nuevo siglo o de herramienta para un desvío en la interpretación.

 

                                                                                            El mito es un habla despolitizada

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El mito no niega las cosas, simplemente las purifica, las vuelve inocentes, las funda como naturaleza y eternidad, les confiere una claridad que no es la de la explicación, sino de la comprobación: organiza un mundo sin contradicciones, un mundo desplegado en la evidencia, funda una claridad feliz: las cosas parecen significar por sí mismas. El mito es siempre metalenguaje; la despolitización que opera interviene a menudo sobre un fondo ya naturalizado, despolitizado, por un metalenguaje general, adiestrado para cantar las cosas y no para actuarlas.

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                                                                                               El mito, en la izquierda

El mito existe en la izquierda, pero de ningún modo tiene las mismas cualidades que el mito burgués. El mito de izquierda es inesencial. En primer lugar, los objetos que capta son escasos, no son más que algunas nociones políticas. Nunca el mito de izquierda alcanza el inmenso campo de las relaciones humanas, la vastísima superficie de la ideología “insignificante”. La vida cotidiana le es inaccesible.  Además, el mito de izquierda es un mito esencialmente pobre. No tiene capacidad de proliferar; producido por encargo y con un objetivo temporal limitado, su invención es torpe. Le falta ese poder mayor que es la fabulación. Haga lo que haga se mantiene en él algo como rígido y literal, un tufo de consigna: permanece seco. Esta pobreza esencial produce mitos escasos, magros; o fugitivos, o pesadamente indiscretos. En cierto sentido, el mito de izquierda es siempre un mito artificial, un mito reconstituido: de allí su torpeza.

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                                                                                                  El mito, en la derecha

Estadísticamente, el mito se encuentra en la derecha. Allí es esencial: bien alimentado, reluciente, expansivo, conversador, se inventa sin cesar. Se apodera de todo: las justicias, las morales, las estéticas, las diplomacias, las artes domésticas, la literatura, los espectáculos. El opresor es todo, su palabra es rica, multiforme, suelta, dispone de todos los grados posibles de dignidad: tiene la exclusividad del metalenguaje. El oprimido hace el mundo, sólo tiene un lenguaje activo, transitivo (político); el opresor lo conserva, su habla es plenaria, intransitiva, gestual, teatral: es el mito; el lenguaje de uno tiende a transformar, el lenguaje del otro tiende a eternizar.

El mito tiende al proverbio. La ideología burguesa invierte allí sus intereses esenciales: el universalismo, el rechazo de explicación, una jerarquía inalterable del mundo. El aforismo burgués pertenece al metalenguaje. Su forma clásica es la máxima. Es una contraexplicación, el equivalente noble de la tautología, del “porque sí” imperativo de los padres cuando no tienen respuestas. El fundamento de la verificación burguesa es el buen sentido, es decir, una verdad.

 

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                                                                      Apuntes

Alterar los códigos, subvertir la jerarquía, sustituir piezas para que los elementos se relacionen de otra manera. Roland Barthes sabía que algunos mitos son casi indestructibles, porque son metalenguaje milenario: “La mayor subversión es alterar los códigos, no destruirlos”. El capitalismo no es más que un cuento. Pero sigue siendo contado masivamente: es casi dogma. Su gramática y ortografía parecen inalterables. Parecen naturaleza, eternidad. Tienen aurea de ley natural, caprichosa e inevitable como la mano que mece los huracanes.

Casi ocho años después del gran crack económico del siglo XXI, los mitos del neoliberalismo siguen en pie para una gran parte de la población mundial. Milton Friedman y la Escuela de Chicago trabajaron durante décadas para que los cataclismos económicos y las intervenciones para entregar lo público en manos del mercado parecieran tan incuestionables como la propia naturaleza. El shock de un país – natural, económico – abre las puertas a las privatizaciones. El neoliberalismo deviene metalenguaje, “porque sí”, tautología, máxima: una esencia tan incuestionablecomo el verde de la jungla.

Empieza a ser acuciante desmitificar, en todos los formatos y para todos los públicos, las “verdades” construídas por el neoliberalismo y el consevadurismo. Para hacer inofensivos sus mitos, lo primero es alterar los elementos que los hacen funcionar. Introducir nuevos símbolos, ocupar significantes, vaciar significados compartidos. Darles la vuelta, desviarlos. Para que el nuevo orden-desorden sea habla despolitizada, claridad feliz, habría que encontrar el metalenguaje del cambio, los símbolos que construyan un mundo sin contradicciones en el que las cosas signifiquen por sí mismas.  Urge tejer el mito-metalenguaje más allá de la lógica mitológica de la izquieda, un metalenguaje que no necesite explicar el fracaso del neoliberalismo, que sea apenas una comprobación poética de un desmoronamiento. Un nuevo mito que sea el tono despreocupado del habla de la multitud.

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