Santiago Gago: “Ya no necesitamos a los políticos y a los medios como intermediarios”

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Español de nacimiento, Santiago Gago está radicado en América Latina desde hace más de 16 años. Ha trabajado en Venezuela, Perú, Ecuador y actualmente reside en Guatemala.  Licenciado en Comunicación Social, se graduó también como Técnico en Imagen y Sonido y posteriormente en Desarrollo de Productos Electrónicos. Se ha especializado en las Tecnologías Libres de la Información y Comunicación. Actualmente, trabaja para Radialistas Apasionadas y Apasionados, coordinando el portal RadiosLibres.net. Capacita a Radios Comunitarias y es el autor del Manual para Radialistas Analfatécnicos.
En Venezuela, Santiago inició un proyecto de una Radio Comunitaria Indígena y una Red de Voceros por todo el Amazonas venezolano. En Perú se suméó al proyecto de Radialistas, donde fue productor. En 2006 desarrolló Radioteca.net, un portal con más de 36.000 audios sobre derechos humanos, género, sexualidad y medio ambiente dirigidos a las radios comunitarias de América Latina y Caribe. Todos se publican con licencias libres Creative Commons. Desde Quito, sede de Radialistas desde 2008, Santiago se esforzó en trabajar con software libre y en promover esas tecnologías libres entre las radios.  Santiago ha sido uno de los articuladores de los congresos internacionales de Cultura Libre de Quito, en 2011 y 2013.
Esta entrevista forma parte del proceso de investigación #tecnopolíticaLATAM que realizo para OXFAM.

¿Desde el surgimiento del EZLN y el neozapatismo en 1994, América Latina se vio inmersa en cambios micro y macropolíticos importantes, como la llegada de Lula, Correa, Evo Morales, los Kirchner en Argentina o el chavismo en Venezuela. ¿Qué legado han  dejado en la región?

Fueron capaces de dos cosas fundamentales desde mi punto de vista. Una, devolver la dignidad a los olvidados en un continente donde los niveles de desigualdad entre los (muy) ricos y los (muy) pobres son escandalosos y los más altos del planeta. Segunda, resignificar el concepto de soberanía en todos los ámbitos. A finales del siglo XX los países latinoamericanos vendieron todo a los EEUU y Europa. Desde sus almas, hasta la salud, pasando por educación, telefónicas, pensiones, bancos y, quizás lo más significativo a nivel geopolítico, los recursos naturales. Los únicos que ganaron con estas ventas fueron los más poderosos de esos países, pero empobrecieron más a la mayoría de las poblaciones. Eso llevó al colapso de Venezuela, de Ecuador, Bolivia y Argentina, entre otros.

Estos gobiernos “revolucionarios” recuperaron muchas de estas empresas para el Estado y los recursos naturales volvieron a dejar ganancias que en todos estos países fueron invertidas en políticas sociales y de desarrollo cosas que hasta las cifras más conservadoras como las del Banco Mundial o el FMI no pueden dejar de reconocer. Pero se comenzó a hablar también de la soberanía tecnológica y de otros procesos de descolonización que permitirían independizarse a esas naciones de poderes externos que las tenían sometidas desde hace décadas.

­La polarización es fortísima entre gobierno y oposición (supuesta izquierda y supuesta derecha) en algunos países de la región (Venezuela, Ecuador, Argentina, Brasil). Sin embargo, algunos procesos nuevos (#YoSoy132, por ejemplo) han roto dicotomías. ¿Cómo se explica el fenómeno?

Porque de estos procesos políticos se apropiaron los ciudadanos y nos los políticos. Ciudadanos cansados de la falta de representación de la ciudadanía que tienen los partidos políticos. De la falta de integridad de los medios que comunican. En Cultura Libre hablamos que Internet cierra el paréntesis de Gutenberg, porque ahora no hace falta fijar la cultura en un soporte y eso ha permitido prescindir de los intermediarios. Algo similar ocurrió con Internet y los procesos políticos. Ya no necesitamos a los políticos y a los medios como intermediarios en este proceso, podemos prescindir de ellos. La ciudadanía lo ha demostrado. Un caso reciente fue #RenunciaYA en Guatemala, donde la ciudadanía se organizó a través de Facebook para solicitar la renuncia del Presidente Otto Perez Molina y la Vicepresidenta Roxana Baldetti, sospechosa de estar involucrada en casos de corrupción y para pedir la continuidad de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG).

Lo interesante de este, y los otros procesos es que estuvieron al margen de los partidos políticos, se organizaron por la ciudadanía. Y también al margen de los medios “masivos” de comunicación. Esta ruptura de intermediarios lleva a la ruptura de las dicotomías. Lo que nos permite suponer que quizás estas dicotomías han sido siempre generadas por esos intermediarios no por los ciudadanos: las creaban los políticos y las exacerbaban los medios. Piensas que los gobiernos latinoamericanos tienen dificultades para entender el nuevo formato de la protesta, los nuevos movimientos, la nueva ciudadanía que emerge desde las redes digitales y procesos colaborativos?

Muchas. Porque estos gobiernos las vieron como iniciativas positivas cuando se enfrentaban a los mismos “enemigos” que esos gobiernos tenían. Pero cuando vieron que también la ciudadanía las usaba para empoderarse contra estos gobiernos que tantas promesas han roto, tuvieron miedo. Lo bueno (y lo malo para esos gobiernos) es que esos movimiento nacen descentralizados y descabezados. Son colectivos, horizontales, surgen espontáneamente. Eso hace que sean muy difíciles de controlar y dominar. Y eso los puso nerviosos. Lo hemos visto en Ecuador y en Venezuela, pero también en Argentina. Es hipócrita que estos presidentes hayan alabado la llamada “primavera árabe” o el 15M de España, pero ahora vean con recelo movimientos similares en sus propios países. Las redes son buenas si sirven para derrocar o criticar gobiernos que no son los suyos. Es positivo que la ciudadanía se empodere y reclame sus derechos a través de las TIC, pero no en sus países.

­ ¿La innovación está surgiendo cada vez en los laterales y márgenes del sistema político?

Totalmente. Los procesos de apertura de datos, las apps más innovadoras, los procesos de desarrollo y crecimiento político se está gestando lateralmente. Pero si hablamos también de innovación en el terreno político es similar. Esas rupturas del “bipartidismo” que se ha dado en España o de los “sistemas tradicionales y caducos” que se han dado en América Latina no han venido de la política tradicional, sino de sus márgenes.

Miremos donde miremos podemos comprobar que los sistemas tradicionales sólo han fomentado la diferencia y la corrupción. Igual, innovar en procesos político cuando el sistema es el mismo, no es sencillo. La revolución de los pinguinos en Chile en 2006 trajo muchas novedades en el formato de la movilización. El Foro Social Mundial y su ecosistema pareció envejecer un siglo.

Tras el estallido global de 2011 y sus secuelas latinoamericanas (México 2012, Brasil y Perú en 2013), el Foro parece menos relevante que nunca. ¿Qué ha ocurrido?

Ese movimiento que fue el Foro tuvo su impacto e importancia. Creo que gracias al Foro se gestaron los cambios sociales que dieron pie a que Lula, Nestor y Evo llegaran al poder. Marcó la hoja de ruta del cambio. Pero no se dio cuenta de que había quedado obsoleto. Perduró en un modelo anticuado sin saberse renovar. Le costó leer la realidad y entender que las discusiones pueden ser más rápidas y efectivas si las hacemos online. El ejercicio cívico de la política se “TICnificó” mientras que el Foro seguía románticamente en la época análoga. Además, no supo delegar los liderazgos, por lo tanto, había viejos activistas análogos pensando cómo incidir en las políticas públicas con recetas anticuadas y, encima, queriendo convencer a nativos digitales que ni tan siquiera entienden el lenguajes de esos dinosaurios.

­En 2011 se produjo otro estallido del movimiento estudiantil en Chile y Colombia, al que se unió un nuevo imaginario “indignado”. El nodo Indignados Chile vinculado al 15M español, Anonymous Hispano o AnonymousChile fueron relevantes en las protestas globales…La oleada de Occupy Wall Street también se expandió con acampadas en varios países. ¿Hasta qué punto fue influyente el 2011 global en América Latina?

Creo que bastante. El problema es que, particularmente, creo que este tipo de movimientos son positivos y necesarios pero no bastan, al menos en los países latinoamericanos, para cambiar las políticas públicas. Es necesario que de alguna manera estas propuestas salten al terreno político. El papel de la ciudadanía es claro, pero si a la hora de llegar a las urnas no hay una opción política que represente ese descontento y ese ideario, ¿por quién votar? Y el problema es que los políticos escuchan a los indignados, pero la indignación decrece al ritmo que necesitas pagar el alquiler o buscar dinero para comer. Por lo tanto, la política tradicional juega al desgaste. Eso pasó en casi todos esos movimientos. En Chile se lograron pequeños avances, pero la única forma de cambiar realmente las leyes es que haya Congresistas que las modifiquen.

­El Foro Social Mundial, el altermundismo, con sus gritos ALCA y anticapitalistas, tenían una agenda y estructura bastante claras. Las últimas oleadas sociales parecen estar un poco más desdibujadas, lĩquidas, sin contorno nítido…. ¿En qué se diferencian ambos movimientos o eras?

Cuando descentralizas el control de las propuestas y las masificas, sucede eso. Es normal. Por un lado creo que debilita, pero por otro es uan fortaleza. Es decir, en tiempos de Foro las propuesta eran unificadas en los foros entre 3 mil o 5 mil personas que firmaban lo que la Alianza que organizaba traía casi precocinado. Pero se aceptaban opiniones y se secundaban acuerdos. Hoy el proceso es mucho más ágil a través de la virtualidad, las opiniones pueden ser muchas más, al igual que los participantes. Pero si se masifica, viene la dispersión. Creo que desdibujamento viene también por otro factores. Por un lado por agotamiento. Han sido un par de décadas de muchas luchas y llegó un momento en que nos relajamos. También, y ese sería otro factor, porque muchos de esos luchadores pasaron a integrar los equipos de gobierno de esos países por lo que el movimiento se fue debilitando. Si a eso le sumamos el descenso de los recurso que se invierten en América Latina para cooperación, es comprensible lo que estamos viviendo.

­ ¿Cómo dialogan las diferentes causas sociales y políticas en la América Latina de los últimos años? ¿Existe transversalidad en dichas causas?

Creo que falta un poco de diálogo. Hubo esfuerzos para unir presencialmente estas iniciativas pero más para que cuenten qué hicieron que para articular esfuerzos. El diálogo se quedó mucho en listas de correo, en twitter. Igual, como todo, son ciclos. Es un ir y venir. Ahora quizás hay un repliegue de fuerzas para pensar nuevas estrategias. Pero está costando. Me parece que en esta nueva etapa los esfuerzos locales país por país marcarán las agendas mucho más que los movimientos o plataformas continentales.

También porque estos movimientos reivindicaban cambios y llevaron al gobierno a presidentes que no terminaron de consumarlo, por lo tanto, el movimiento también perdió legitimidad. Y esto es grave, porque si les sumas la falta de visión de los actuales gobernantes de delegar los procesos y propiciar líderes de recambio y consolidar iniciativas lejos de los personalismo, se viene una nueva toma del poder por lo que siempre nos gobernaron.

­¿Hasta qué punto las redes sociales y los medios digitales (blogs, plataformas) son relevantes en la región?

No creo que los medios hagan revoluciones, las hace la gente. La gente que en los 80 se organizaba boca a boca y con cacerolas, en los 90 con SMS y después con celulares y redes sociales. Siempre hay unos poco que usan las herramientas tecnológicas para reivindicar y ejercer la ciudadanía. Hoy esas herramientas “masivas” de comunicación están en manos de los ciudadanos. Algunas son las redes y los blogs y sí, aún siguen siendo relevantes. El ejemplo de Guatemala es el más reciente. Creo que lo más positivo en países donde el poder y la propiedad de los medios está tan concentrado las redes y el blog son un balón de oxígeno. La forma actual de lograr una mínima diversidad en los medios.

­ ¿Qué importancia tiene la cultura y el software libre en el ecosistema social de América Latina?

Aún poca, como en todo el mundo. Pero es cierto que en esta región es donde cambios más significativos se han logrado. Lo que hizo Bolivia, por ejemplo, de fijar un plazo de 7 años para que toda la administración pública migre a software libre es único. Hay decretos en Ecuador, leyes en Venezuela, distribuciones propias en Argentina. Igual en Brasil. Aún hay mucho que avanzar: que las producciones que se hagan con dinero público sean CC, lo mismo con las investigaciones o tesis de Universidades públicas, difundir e invertir en desarrollo de tecnologías libres, asumir el paradigma de la libertad y lo abierto por parte del Gobierno.

­ ¿Cuál es la relación entre los movimientos sociales tradicionales y los de nueva cuña? ¿Conviven?

Ha costado, la verdad. Sobre todo porque esos movimientos están lejos de las nuevas formas de comunicación. La mayoría de estos movimiento aún ven la comunicación como algo “trasversal”, se quedan en la difusión de lo que hacen y eso en el mejor de los casos. Pero muchos aún no ven la importancia estratégica de los nuevos medios. Por eso es muy difícil que convivan ya que unos tiene esa mirada y otros, a veces en exceso, viven en esos nuevos medios. Las prácticas colaborativas ancestrales (tequio, minga…) tienen diálogo con los nuevos procesos de las redes?

Sí, se usan, sobre todo en los países de donde son originario. Resumen la visión ancestral de la colaboración y podemos aprender mucho de esos procesos.

­¿Cómo ha sido el proceso de Radialistas, comunicación comunitaria y cultura libre?

Fuimos llegando poco a poco. Siempre difundimos nuestras producciones libremente y gratuitamente. Llegó un momento que, acompañados por los compas de Código Sur, nos fuimos metiendo en el mundo de la Cultura Libre, entenderlo, poner una licencia libre a nuestros audios (CC­BYSA) y promover el acceso al conocimiento. Luego dijimos, tenemos que dar un paso. Y migramos a Software Libre. Y nos dimos cuenta que el uso de las tecnología libre y la totalidad del concepto de los Bienes Comunes Digitales no es un aspecto tecnológico, sino político. Tiene que ver mucho con la Democratización de la Comunicación y es la razón de ser de Radialistas. En este siglo, si queremos democratizar el acceso a los medios tenemos que promover las TLIC, las Tecnologías Libres de la Información y la Comunicación. Por eso abrimos Radios Libres, para difundir estos temas con las radios comunitarias.

­ ¿Y con las estructuras políticas en general, cómo es el diálogo? Desde los nuevos movimientos rechazan la representatividad y colaboración con el poder público, exceptuando el movimiento estudiantil chileno, Revolución Democrática, Camila Vallejo…

Como decía antes, creo que hay que llegar a eso. No es el objetivo del movimiento en sí mismo, pero alguien que salga de ellos debe terminar integrando una agrupación política que nos represente. No es lo ideal, pero estamos cansados de comprobar que los político no escuchan a la ciudadanía. Además, no es negativo siempre colaborar con el poder público. Es decir, los gobiernos desconocen muchas cosas, se mueven lentamente, son como grandes elefantes. Pero la sociedad civil va más rápido. Entonces, si un Gobierno quiere abrir sus datos y no sabe, por qué no apoyarle. Si un Gobierno quiere iniciar un proceso de liberar su administración pública con software libre o licencias CC, ¿porque no acompañar ese proceso?

­ ¿Qué relación continental y global existe de los movimientos estudiantiles (y otros) de Chile? El caso de la muerte de los 43 estudiantes de Guerrero, México. tuvo una fuerte repercusión…

Chile quizás fue un símbolo en la región. Otros movimiento como #YoSoy123 en México se reflejaron en ellos. Pero todos estos movimientos pedían cambios políticos y sociales. Lo de Ayotzinapa no lo englobaría dentro de esto movimientos. Son reclamos y repercusiones distintas. Sí es un movimiento cívico, pero sin localizar ni lugar, ni reclamos. Es sólo un grito unánime que reclama por todos los medios posibles justicia.

­Julian Assange está refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. Las revelaciones de Edward Snowden afectaron especialmente a América Latina. Dilma criticó el espionaje de la NSA en la ONU. El avión de Evo Morales no pudo aterrizar en cuatro países de Europa. La criptografía es un nuevo eje de movimientos. ¿Hasta qué punto esta alianza de cryptopunks y hackers con movimientos y Gobiernos de América Latina pueden modificar la agenda global, las libertades digitales….?

Desgraciadamente, hemos comprobado que muy poco. El hecho de que Dilma se hiciera una foto con la chompa de Facebook al lado de Zukerberg promocionando Internet.org. después de promover un encuentro como la Net Mundial demostró el escaso inpacto de estas comunidades en la agenda global.

Nunca antes nadie hizo revelaciones como las de Snowden y Assange. Pero mientras ellos viven la cárcel o el exilio nadie, ni una sola persona de las que fueron acusadas con pruebas de cometer delitos, ha sido formalmente acusada o están pagando cárcel o fueron sancionadas. Espionaje masivo por parte de las embajadas de USA en América Latina, espionaje masivo a los ciudadanos, complicidad de las grandes empresas de

Internet en estos espionajes. Los cryptopunks y hackers llevaban años denunciando eso a voces en todo el mundo. Nadie les creyó. Ahora tienen las pruebas, pero ahora siguen sin hacerles caso. Una complicación es que tomar esas medidas preventivas aún es complicado para muchísimos usuarios, eso dificulta mucho tomar medida a nivel usuario. A nivel gobierno uno pone el ojo en USA, pero ya se confirmó que Alemania ayudaba a USA a estudiar a otros gobiernos de Europa, por lo tanto “entre bomberos no se pisan la manguera”. Las iniciativas que se asuman en cuanto a las libertades digitales tendrán que ser emprendidas por la ciudadanía, el retos de los cryptopunks y hackers será cómo convencer a esas ciudadanía sin privarles de sus “placebos” como Facebook. Así que será bien difícil.

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