Un mundo común cabe en una servilleta

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Notas sobre Un mundo en comun, de Marina Garces. Preparando un post para codigo-abierto.cc

Uma foto publicada por Bernardo Gutierrez (@bernardosampa) em

El libro Un mundo común, de Marina Garcés, cabe en una servilleta. O casi. En una servilleta, en los márgenes de un cuaderno, en las notas rápidas de un teléfono Samsung, en una nota digital de un tablet. Tomé prestado el libro Un mundo común de David Vila, en Quito, tras mi (pen) último paso por el proyecto Flok Society / el Buen Conocer. Viajé leyéndolo a ráfagas, en un viaje mochilero por el Pacifico ecuatoriano. De Quito a Guayaquil, de Guayaquil a Manta, de Manta a Esmeraldas, de Esmeraldas a Borbón, en el regreso a Quito, fui anotando las frases que más me impactaban (sí, el libro te afecta, te atraviesa) allá donde podía. En algún momento, apenas tuve una servilleta. En otros, estaba armado de papel o aparatos. El resultado de mis anotaciones es un texto transversal, atmosfera-y-rizoma, emocional y bastardo, lateral y definitivamente no lineal. Es lo que quedó de de Un mundo común en mí, en mis pliegues y flujos.

El libro me gustó tanto que decidí colocar en un post todas las frases desperdigadas de mi lectura de Un mundo común. Frases, palabras, que son o fueron de Marina, que ya son mías y tal vez nuestras. Palabras que conforman un fragmento, otro relato que también está incompleto, como el libro, como todos ellos. Un relato que espero que también te atraviese, que te empuje hacia ese otro fragmento más extenso, que es Un mundo común, que hará emerger otros horizontes. Podría hacer una reseña sesuda, pretenciosamente intelectual, coserle procomún y commons a mansalva. Pero alquien (Marina) que escribe con la piel para entenderse no se merece una fría reseña. A continuación, los retazos, tal como se estamparon en la servilleta y/o tablet. Palabras, que son o fueron de Marina, que ya son mías y tal vez nuestras, que son un poco remezcla, un poco curva, un poco círculo que se abre.

“Lo común no es nada, frágil conquista, punto de partida sin recetas, sin programa, sin soluciones prexistentes. Lo común no puede ser liberado ni colonizado, porque no hay salida, porque no hay cárcel, que no hay afuera ni después. Más allá de la dualidad  unión / separación, los cuerpos se continúan. El nosotros antagonista no puede durar: atrapado en el tiempo del milagro, de lo raro, de la fiesta, del intervalo, del éxodo. La narración basada en fines y consecuencias se clausura. Tenemos que violentar junto a otros la validez de sus coordenadas. Tomar posición, articula el mapa de los posibles. No nos sirve apenas la escritura cómo código para rehacer el mundo, aquel individuo=página en blanco, sociedad= página a borrar. Las páginas están saturadas para ser reescritas, ¿qué puede pasar en los bordes? Tenemos dos alternativas que no se excluyen: interferenciar o desequilibrar, el éxodo o infiltración, escapar o agrietar, construir o contagiar. Me gusta abrir las paredes del cristal al contacto, buscar las interferencias desde el borde. ¿Qué es nuevo, cuando todo se cae? Es un cartel en las paredes de Atenas que dice, fuck may 68, fight now! Lo nuevo son mapas de tentativas, no proyectos. El nosotros como nuevo sentido de lo común, no suma sino coimplicación.

El capitalismo agota la totalidad de lo visible, no hay más que ver. Todo es una brutal y ligera imagen, un juego en el que nadie juega y todos miran. Pero la visión periférica nos envuelve en la carne del mundo. El ojo sensible relaciona lo enfocado con lo desenfocado, lo nítido y lo vago. No podemos verlo todo. No hace falta: quedémosnos en los márgenes, en los plieges, en las articulaciones. El tacto contra la vista, el ano contra el ojo. Inventemos desplazamientos con la torpeza del tacto, aterrizemos en la filosofía desencajada. Entendamos que la principal palabra no es la liberdad del individualismo sino el vivir juntos. Para el imperialismo del Yo Pienso, la pluralidad de conciencias siempre será un escándalo. La imposibilidad de ser solo individuo nos sugiere el Yo-otro. Por eso es importante tomar conciencia del advenimiento del intermundo. No hay mundo para el hombre que no sea intermundo. La nuestra es una ontolodía del entre, de la no-conciencia, de un ser pensado como estallido y como diferenciación, como relación entre variantes, desvíos, de una dimensión común cuya unidad cristaliza en la diferencia.

La historia, lejos de ser acumulación de eventos o ley absoluta, es una práctica colectiva y anónima de institución de significado. Por eso podríamos todos ser dos círculos concéntricos que no son idénticos por un ligero y misterioso desencaje. Somos finitos porque estamos inacabados, estamos en continuidad y debemos ser continuados. Somos finitos porque nuestros límites no están definidos y podemos ser dañados. Imaginemos los otros como desvío, como relieve de una misma visión en la que participamos. Perder el miedo al mundo es aprender a vivir en lo que no tiene nombre. Convertirse en anónimo es ser un ángulo ciego. Rompe la representatividad y sus dimensiones legitimadas. El anominamo como inacabamiento no es déficit: es potencia. La vida emerge, a veces, como horizontes inacabados.

La comunidad inconfesable, la comunidad de amantes, destruye sociedad. Crea la política lejos de la mesa del estratega, se envuelve con el mundo, con los clarooscuros. La riqueza inacabada del mundo está llena de secretos, de márgenes, de opacidades, de invisibilidades, de desviaciones, de reversos, de incomprensiones.

Lo común no es nada, frágil conquista, punto de partida sin recetas, sin programa, sin soluciones, prexistentes. Lo común no puede ser liberado ni colonizado, porque no hay salida, porque no hay cárcel, porque no hay afuera ni después”.

*Una pena que Un mundo en común tenga copyright y que no exista descarga libre.

 

 

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